La dimensión social de las TIC
Cuesta entender, a veces, el importante resurgir de las humanidades en la sociedad del siglo XXI. Por eso, cuando contemplo personas escépticas, no me preocupo demasiado, opino que es cuestión de tiempo que unos lo acepten, mientras que para otros nunca será algo admisible. Pero lo que me parece realmente grave es que muchas de las personas que se supone comparten esa premisa, luego actúen como si la virtualidad no nos obligase a replantearnos las bases mismas de la forma en la que nos comunicamos.
Lo virtual, pese a ser diferente y transformador no es diametralmente opuesto a la realidad presencial. Si lo fuera, las pautas de actuación estarían más claras: bastaría con hacer lo contrario de lo que la presencialidad demanda. No haría falta comprender la naturaleza de los espacios compartidos y aplicarles nuevas formas de comunicación y de lenguaje. Pero lo cierto es que la virtualidad modifica la experiencia de las relaciones interpersonales en la mayoría de actividades humanas. El ocio y el arte son los campos en los que esa influencia es más evidente, pero la educación, la política, la salud, son terrenos en los que también se ha dado la irrupción rápida e implacable de las, ya no tan nuevas, tecnologías de la información y la comunicación (TIC).
Actualmente, se acepta que gran parte de las primeras investigaciones sobre el impacto social de la tecnología estuvo caracterizada por una polarización entre la desconfianza extrema y el entusiasmo acrítico, eso provocó que todavía hoy nos hagamos preguntas que ya deberían tener una respuesta clara.
Sin embargo, seguimos cayendo una y otra vez en los mismos errores, negándonos a aceptar que hemos sido incapaces de superar esa fase y admitiendo que los efectos de la tecnología sobre las nuevas formas de convivencia social no son ni predecibles ni universales. El contexto importa, y ese hecho nos debe obligar a recapacitar, hacer valoraciones moderadas y huir de las hipérboles que no guardan ninguna relación con la realidad.
Si hacemos esa reflexión, deberíamos construir una nueva manera de comunicarnos, analizando y recuperando tal vez habilidades del pasado e inventando otras nuevas, que nos permitan alcanzar la normalidad en la comunicación digital. Lo que hemos hecho hasta ahora no nos sirve y el lenguaje debe formar parte de un gran cambio ético y estético que hay que plantearse con urgencia.
El desafío estriba en vencer la resistencia al cambio real que todos tenemos y en aceptar el grado de sacrificio y esfuerzo que representará ser capaces de hacernos entender por públicos con expectativas muy diferentes.
Autor fotografía: Enrique Arroyas. Enrique es amigo, profesor de Redacción Periodística en la UCAM y aficionado a la fotografía. Esta la realizó en Florencia, en el verano de 2010.





